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Servicio Militar del Libertador

HOJA DE SERVICIO MILITAR


1.     Cadete del  Batallón de Milicias de Blancos Voluntarios en los Valles de Aragua el 14 de enero de 1797 (Dura con este empleo un año y 9 meses).

2.     Sub-Teniente, en la misma Unidad desde 4 de julio de 1798. (Dura en este empleo 5 años y 2 meses).

3.     Teniente, en la misma Unidad desde 11 de marzo 1803. (Dura en ese empleo 6 años).

4.     Coronel graduado, a la orden de la Junta Suprema de Caracas desde el  8 de junio de 1810.

5.     Capitán efectivo, en la misma Unidad desde el 25 de noviembre 1810.

6.     Coronel efectivo, designado  por el Generalísimo Francisco de Miranda en julio de 1812 a raíz de la toma de Valencia.

7.     Brigadier General de los Estados Unidos de la Nueva Granada (equivalente a General de Brigada) otorgado por el Congreso de este país en enero de 1813.

8.     Mariscal de Campo de la Unión, concedido por la Nueva Granada a mediados de 1813.

9.     General en Jefe efectivo de los Ejércitos de Venezuela,  concedido en Cabildo extraordinario por la Municipalidad de Caracas el 14 de octubre de 1813.

10.  Capitán General de los Ejércitos de la Unión, concedido por el gobierno de la Nueva Granada desde el 15 de diciembre de 1814 y ratificado el 13 de enero de 1815.


Cargos Ejercidos por el Libertador

CARGOS EJERCIDOS POR EL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR

·        1810. Jefe de la representación diplomática ante Londres, en nombre de la Junta Suprema de Gobierno.

·        1811. Es miembro activo de la Sociedad Patriótica.

·        1811. Edecán del Marqués del Toro (primer General de Venezuela).

·        1812. El Generalísimo Francisco de Miranda lo nombra Jefe de la Plaza de Puerto Cabello.

·        1812. Comandante del Destacamento de Barracas, en el Río Magdalena, Nueva Granada.

·        1813. Comandante en Jefe de los Ejércitos de la Unión y Gobernador Militar de Pamplona.

·        1813. Gobernador y Capitán General con el título de Libertador de Venezuela designado por la Municipalidad de Caracas.

·        1814. Jefe del Ejército de Operaciones en Santa Fe de Bogotá.

·        1815. A raíz de la toma de Bogotá el Congreso Neogranadino, lo nombra Capitán General de la Confederación, lo autoriza a conservar el título de Libertador y le acuerda el de Ilustre Pacificador.

·        1816. Jefe Supremo de la República de Venezuela, reconocido en Juan Griego por el Gobernador de la Isla de Margarita, General Francisco Esteban Gómez.

·        1819. El Congreso de Angostura lo nombra Presidente Constitucional de Colombia.

·        1821. El primer Congreso Constituyente de Colombia celebrado en la Villa del Rosario de Cúcuta lo designa Presidente de la República.

·        1824. Es designado por el Congreso como Dictador del Perú. 

·        1825. Jefe del Poder Ejecutivo de Bolivia.

·        1827. Presidente Constitucional de Colombia y del Perú.


·        1828. Se declara Dictador de Colombia. Condición que mantiene hasta que entrega el poder al Congreso el 4 de marzo de 1829. 

Cacique Aramare






GRAN CACIQUE ARAMARE
Este grabado está basado en una fotografía del Jefe de los Maquiritares tomada por Jean Chaffanjon en el raudal de Chipirina, en el Río Cunucunuma el 27 de noviembre de 1886. Fue reproducido por primera vez en su artículo Voyage aux Sources de L’Orénoque (Viaje a las Fuentes del Orinoco), publicado en el libro Le Tour de Monde (Recorrido por el Mundo), Chaffarjon, 1888.
Nótese que viste de uniforme, esto debido a que durante el gobierno del General Joaquín Crespo (1884-1886), a Aramare se le reconoció la autoridad civil y militar de la región. La casaca o guerrera era de color azul oscuro con siete botones de bronce pulido grabados con el escudo de los Estados Unidos de Venezuela, el pantalón blanco y el kepi azul con ribete amarillo, tal cual era el uniforme del Grado de Coronel del Estado Mayor del Ejército de Venezuela.
Bartolomé Tavera Acosta, en sus Anales de Guayana, asegura que Aramare falleció en 1896 a una edad aproximada de 65 años, por lo que se infiere que para el momento de la fotografía tendría cerca de 55.
En su honor, el aeropuerto, una urbanización, una plaza y una escuela de formación básica y media, llevan su nombre en Puerto Ayacucho, Estado Amazonas-Venezuela.




Sociedad Bolivariana del Estado Amazonas

Discurso Pronunciado el 19 de Abril del 2014


La Sociedad Bolivariana de Venezuela-Capítulo Amazonas, expresa su más sincero agradecimiento a la Ilustre Cámara Municipal del Municipio Autónomo Atures por habernos seleccionado para esta breve disertación.

Si existe una fecha que los venezolanos debemos conmemorar y analizar en profundidad, es justamente la del 19 de abril de 1810. Esos hechos acaecidos en Caracas constituyen el germen de nuestra identidad y el pilar de nuestro destino. Ese día, realmente y por primera vez, Venezuela se autogobierna.
Esa fecha es una consecuencia y también una causa. Fue el efecto de una confluencia de circunstancias externas determinantes: La influencia del pensamiento liberal difundido por los integrantes de la llamada Ilustración, la independencia estadounidense, la revolución francesa, y la mas importante, la invasión a España por parte las tropas napoleónicas, cuyo punto extremo llegó con el secuestro de Fernando VII de Borbón en Bayona.  
En lo interno, el descontento había abarcado todos los sectores que componían la sociedad, las últimas reformas borbónicas apuntaban a un mayor absolutismo, los blancos criollos no podían acceder a los cargos de administración pública, pero sí debían pagar mas impuestos por vender sus productos, venta solo posible por cierto, a instancias gubernativas que impedían la libre importación o exportación de bienes. Los militares criollos, solo podían aspirar a rangos y cargos subalternos, ya que el mando efectivo estaba reservado exclusivamente a los blancos peninsulares. Es decir, éramos españoles, pero no lo éramos. Ni siquiera los pocos que pudieron adquirir títulos de nobleza a la Corte de Madrid, eran reconocidos como iguales. Esos tres marqueses y dos condes autóctonos, pasarían ulteriormente, a financiar y a engrosar el bando de los primeros patriotas.  
De cualquier modo, el desmoronamiento del sistema monárquico absolutista estaba en proceso. La monarquía británica, entendiendo el signo de los tiempos, prefirió reconocer las independencias de sus antiguas colonias e inmediatamente establecer solidos vínculos comerciales, aparte de resultar económicamente más práctico y rentable, les permitía crear alianzas de resguardo mutuo desde el punto vista militar dentro de un clima de aceptación, respeto e igualdad.
Por otra parte, en España se estaba librando también una guerra de independencia. El despotismo Real no se aplicaba nada más en las provincias de ultramar. La decadencia de la nobleza en funciones administrativas, la negación constante de las propuestas de renovación y reformas modernas habían dado paso para el surgimiento de movimientos políticos de distinto propósito.  No eran pocos los militares de alto rango y nivel cultural que se identificaban con las ideas republicanas. En numerosas ocasiones a esos incómodos oficiales se les relegaba a puestos de comando distantes para evitar su influencia en la metrópolis.
Uno de esos hombres fue el noble de origen vasco Vicente Ignacio Antonio Ramón Emparan y Orve, que a pesar de sus vastos conocimientos de las artes militares, navegación, astronomía, botánica, administración y derecho, fue enviado en 1789 como Gobernador a Portobelo en la intendencia de Panamá, perteneciente al Virreinato de la Nueva Granada.  Allí permaneció tres años hasta que fue reasignado en 1792, también como Gobernador,  a la provincia de Cumaná, perteneciente a la Capitanía General de Venezuela.
Región a la que se vinculó afectiva y materialmente a tal punto, que le recomienda a su hermano menor Pedro María, abandonar España e irse a vivir a esa ciudad. Como dato curioso, es pertinente agregar que Pedro María, dos años después de instalarse en Cumaná, contrae nupcias con una sobrina directa de Antonio José de Sucre.  
En julio de 1799 ocurre una coincidencia que permite a Emparan hacerle el primer servicio a  Venezuela, el cual tiene una importancia tal vez aun no bien calculada y que lo enlaza para siempre con esta tierra amazonense.  
Por las estacionales tormentas que azotan al Caribe Occidental, el Barón Alexander von Humboldt, quien a sus propias expensas había iniciado una expedición exploratoria a Nueve España (México), se guarece en Cumaná proveniente de Cuba, donde había tocado con la corbeta Pizarro para su reaprovisionamiento. Bien recibido y atendido por el Gobernador Emparan, casi inmediatamente se produce la afinidad lógica entre quienes comparten ideas y conceptos propios de mentes progresistas, intercambio que realizaron en numerosas e intensas tertulias, en cuyos intersticios el viajero acompañado del francés Aime Bonplant, recorre la península de Araya, la Cueva del Guácharo y el Valle de Caripe. Luego de lo cual Emparan convence a Humboldt que modifique sus planes en tierras aztecas y se adentre en Venezuela, ya que considera que la diversidad de climas y especies es mas rica por lo variada. El Barón arguye pragmáticamente, que el giro en numerario para sufragar los gastos ha sido acordado para México y que en Venezuela no posee conexiones que puedan suplirlo. A lo que Don Vicente le responde que con gusto le suministraría en calidad de préstamo la cantidad necesaria para la operación, pero que una oportunidad como esa, con equipos de medición y personal especializado en la técnica para el levantamiento de datos, no debía perderse.
Así, el que se convertiría en protagonista de los hechos del 19 de Abril de 1810, financió el primer y por muchos años más completo estudio científico de nuestro territorio nacional. Dicha aventura comienza el 15 de noviembre de 1799 en Cumaná y culmina un año después en el mismo lugar, marcando la siguiente ruta: La Guaira, Caracas,  Valles del Tuy, Valles de Aragua, Valencia, Puerto Cabello, Calabozo, San Fernando de Apure, San Fernando de Atabapo, San Carlos de Río Negro, La Esmeralda y el Casiquiare, Angostura y Barcelona. Ese registro abarcó observaciones y toma de muestras de flora, fauna, minerales, aguas, y suelo, así como la minuciosa anotación de las costumbres y creencias de nuestros habitantes citadinos, indígenas y campesinos.  Ese compendio se conoce como Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, obra que aún se consulta y valora.
Sobre el sabio alemán, El Libertador Simón Bolívar, quien lo conoció en París en el año 1808, solía referirse a él como “el descubridor científico del Nuevo Mundo, cuyo estudio ha dado a América más que todos los conquistadores juntos”.
En 1804, Vicente Emparan renuncia al cargo y regresa a España con la intensión de solicitar su dada de baja militar para regresar a su tierra adoptiva. En los doce años que se mantuvo al frente de la gobernación de Cumaná, fundó siete poblaciones, doce iglesias, catorce escuelas y tres hospitales cuyo médico solicitó del Colegio de Cádiz. Todo ello, sin tocar el erario público. Ese logro se obtuvo a través de donaciones de las familias pudientes.
Dado su ascendiente político y militar, es mantenido relegado sin cargo y sin la concesión de la aspirada licencia castrense. Cuatro años mas tarde, el gobierno invasor, el del indetenible Napoleón, seguramente confiando en que sus ideas antimonárquicas lo convertían automáticamente en un aliado,
le ofrece el cargo de Capitán General de Venezuela con el rango de Mariscal de Campo. Pero el hecho de que Emparan fuese un republicano no necesariamente lo equiparaba a ser un traidor a su país. Ser Anti Rey no significaba ser Pro Napoleón, para los efectos, uno era peor que el otro. Ante esto, Emparan expresa, en carta privada dirigida a su hermano Pedro María:
"Estando en Madrid, a la entrada de los enemigos en 1808, fui sorprendido por el gobierno intruso que me nombró Capitán General de Caracas, de cuyo encargo procuré eximirme, más viendo que de ningún modo eran admitidas mis disculpas, me fugué disimuladamente y me presenté en Sevilla ante la Junta a la que solicité varias veces me diese destino en el ejército. Establecida la Junta Suprema Central de Regencia, enseguida me nombró Capitán General de Caracas".

Las dos autoridades en la España del momento, la usurpadora y la legítima, le ordenaban el mismo destino.
En mayo de 1809 arriba al Puerto de La Guaira como nuevo Capitán General de Venezuela. Ese puesto tan solo lo ejercería 11 meses.
El jueves Santo del año siguiente, estando la Plaza Mayor  de Caracas atestada de creyentes, vendedores, curiosos y sobre todo de vecinos inquietos por la incertidumbre de un futuro incierto y en manos extrañas en su más estricta expresión; se preparaba el Mariscal de Campo en su residencia para asistir a los actos litúrgicos propios de la fecha, cuando es notificado por el Secretario del Ayuntamiento, Fausto Viana, que han solicitado un Cabildo Extraordinario a verificarse a las nueve de la mañana, y que el mismo no puede realizarse a menos que él, como su Presidente, asistiese.

A puerta cerrada, en la hoy llamada Casa Amarilla, sede del Ayuntamiento de la ciudad, se produjo la discusión que marcaría después el devenir de los acontecimientos. Se sabía lo que se quería pero no el cómo se haría. Todos los presentes, incluyendo al Capitán General, estaban contestes en declarar la autonomía de Venezuela. La mayoría solicitaba declarar la independencia absoluta, la aprehensión del Jefe político y el inicio de las hostilidades contra la Corona. Emparan claramente expuso que como español y como soldado no podía ejercer la autoridad  en representación de una potencia usurpadora, y que los venezolanos tenían el mismo derecho que los hispanos a aspirar su libertad e independencia por lo que no podía exigir lo que él tampoco podía aceptar, al pueblo de Caracas, en esa pretensión, lo asistía el derecho natural. Pero en su condición de soldado, tenía un compromiso atado con un juramento, podía renunciar al mando, pero solo para entregarlo a una autoridad que reconociera la legitimidad del Rey, lo contrario sería un acto de traición que no estaba dispuesto realizar. El proseguir en ese propósito implicaba el hacerlo con violencia. Una hora después suspendió la reunión por no haberse podido llegar a un acuerdo. Emparan abandona el recinto para dirigirse a la Catedral, dejando solos a los deliberantes evaluando su única exigencia.      - ¡De lo que resulte me enteraré en la iglesia! Alcanzó a decir.
Adentro, por vehemente argumentación de Francisco Salias y del Presbítero José Cortés de Madariaga, se impuso la condición  del Capitán General, a pesar de que para muchos significaba un sacrificio en cuanto al romántico concepto idealista de la heroicidad.

Transcurridos menos de veinte minutos, Salias, alcanzando a Emparan, lo tomó por el brazo para decirle que todo estaba resuelto. De regreso en el Ayuntamiento, fue el primero en suscribir el Acta que dejaba constancia de la dignidad de un hombre que mantuvo la lealtad a sus ideales sin ser infiel a sus juramentos.
Declinó el mando voluntariamente y lo delegó en la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII, eso probaría el legítimo derecho del Ayuntamiento de rechazar la imposición de Francia, y sobre todo, de justificar la renuncia al cargo de manera pacifica de un representante del Rey por solicitud de sus gobernados. Algo que, si bien no era imposible para la época, si era inédito en la América Hispana.
De esa manera, sin un hecho de sangre ni disturbios de ninguna índole, se había llevado a cabo una jornada histórica, cívica y pacífica. Al día siguiente, mientras Emparan se embarcaba hacia la Cuna de la Libertad americana, Filadelfia; se oía por las esquinas caraqueñas una canción cuya letra compuso Vicente Salias, hermano de Francisco, que expresaba: Gloria al Bravo Pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y el honor. Probablemente lo de la ley se refería al derecho, la virtud a los ideales, y el honor a Emparan.
El nombre de Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII duró seis días, el 25 de Abril se transforma en Junta Suprema de Gobierno y designa ese mismo día a los encargados de los distintos despachos: Juan Germán Roscio para Relaciones Exteriores, Nicolás Anzola en Justicia, Fernando Key Muñoz en Hacienda y para Guerra y Marina Lino de Clemente. Igualmente se constituye un Tribunal Superior de Apelaciones presidido por el Marqués de Casa León.
Una de las primeras medidas de la Junta tras conseguir el respaldo de las seis provincias fue enviar misiones diplomáticas al extranjero para solicitar apoyo a la revolución y el reconocimiento de la Junta Suprema de Caracas como la legítima regidora de Venezuela en ausencia del Rey.
Londres fueron enviados Simón Bolívar y Luis López Méndez con Andrés Bello como secretario. A los Estados Unidos de América fueron Juan Vicente Bolívar Palacios, hermano del Libertador, José Rafael Revenga y Telésforo Orea. Vicente Salias y Mariano Montilla partieron para Curazao y Jamaica. Para la Nueva Granada fue José Cortés de Madariaga y para Trinidad partió Casiano de Medranda.
El 14 de agosto la Junta abolió el comercio de esclavos, crea la Sociedad Patriótica y suprime los impuestos de exportación a los productos venezolanos.
En 1811 se firmó el Acta de Independencia y todos sabemos lo que sobrevino,  comenzó una guerra de mas de diez años por obtenerla. Aquellos mismos civiles del Ayuntamiento Municipal, trocaron en militares.
Se formaron una, dos, tres repúblicas.
Una vez finalizada la contienda armada se practicaron diversos tipos de gobierno, se aplicaron innumerables códigos y cuerpos de leyes sin que se pudiese lograr la estabilidad indispensable y necesaria para el desarrollo nacional. La guerra independentista y las pugnas intestinas lo hacían imposible.
Hasta el magnífico sueño de aquel portento llamado La Gran Colombia no pudo mantenerse. A ese respecto, en 1829, en sentida y extensa carta dirigida por El Libertador a su confidente, el General irlandés Daniel Florencio O’Leary, y ante la inevitable separación de la Gran Nación; le expresa:
“Si he de decirle lo que pienso, yo no he visto en Colombia nada que parezca gobierno, ni administración, ni orden siquiera. No sabíamos lo que era gobierno y no hemos tenido tiempo para aprender mientras nos hemos estado defendiendo. Más, ya es tiempo de reparar tantas pérdidas y asegurar nuestra existencia nacional. El actual gobierno de Colombia no es suficiente para ordenar y administrar sus extensas provincias.
En el tránsito desde el centro del poder hacia la periferia, se debilita la fuerza y la administración central carece de medios proporcionales a la inmensidad de sus obligaciones. El Congreso Constituyente (se refiere al Congreso Admirable, convocado para enero de 1830-el último de la Gran Colombia), tendrá que elegir entre una de dos resoluciones: 1. La división de la Nueva Granada y Venezuela. 2. La creación de un gobierno vitalicio y fuerte. En el primer caso, ambos países deben  quedar íntegros tal como se hallaban antes de la reunión y la separación debe ser perfecta, justa y pacifica. Mientras teníamos que continuar la guerra parecía y casi se puede decir que fue conveniente la creación de la República de Colombia. Habiéndose sucedido la paz doméstica y con ella nuevas relaciones, nos hemos desengañado que este laudable proyecto, o mas bien este ensayo, no promete las esperanzas que nos habíamos figurado. Los hombres y las cosas gritan por la separación porque la desazón de cada uno compone la inquietud general.
Últimamente la España misma ha dejado de amenazarnos, lo que ha confirmado más y más que la reunión ya no es necesaria, no habiendo tenido ésta otro fin que la concentración de fuerzas contra la metrópolis. Por otro lado, la erección de un gobierno vitalicio será el otro extremo que puede adoptar el Congreso, pero en ese caso, al igual que la actual República no se puede gobernar sin la espada, y al mismo tiempo no puedo dejar de convenir que es insoportable el espíritu militar en el mando civil”.
Lo que sucedió posteriormente también lo conocemos, una vez instalado el Congreso el 20 de enero de 1830, El Libertador renunció al poder con estas palabras: “Temiendo que se me considere como un obstáculo para asentar la Republica sobre la verdadera base de su felicidad, yo mismo me he precipitado de la alta magistratura que vuestra bondad me había elevado”.
Y, como recomendación postrera añadió:
“Ardua y grande es la obra de constituir un pueblo que sale de la opresión por medio de la anarquía y de la guerra civil, sin estar previamente preparado para recibir la saludable reforma a la que aspiraba. Pero las lecciones de la historia, los ejemplos del viejo y nuevo mundo, la experiencia de veinte años de revolución, han de serviros como otros tantos fanales colocados en medio de las tinieblas de lo futuro, y yo, me lisonjeo que vuestra sabiduría se elevará hasta el punto de poder dominar con fortaleza las pasiones de algunos y la ignorancia de la multitud; consultando, cuando es debido, a la razón ilustrada de los hombres sensatos, cuyas opiniones son un precioso auxilio para resolver las cuestiones de la Alta Política.
Por lo demás hallaréis también consejos importantes que seguir en la naturaleza misma de nuestro país, que comprende las regiones elevadas de los Andes, y las abrasadas riberas del Orinoco: examinadle en toda su extensión, y aprenderéis de ella, infalible maestra de los hombres. Mucho nos dirá nuestra historia, y mucho nuestras necesidades: pero todavía serán mas persuasivos los gritos de nuestros dolores por falta de reposo y libertad segura”.


Efectivamente así es Venezuela, tan disímil y variada como semejanzas pueda haber entre sus picos nevados y los raudales de Atures. Tan diversa como le indicó Emparan a Humboldt. Igualmente distinta y distintamente igual. Como somos su gente, los venezolanos, como somos los amazonenses.
Si de algo nos es útil repasar nuestra historia es para asumirla a plenitud, sin complejos ni falsos alardes de temeridad. Nuestras guerras han dejado profundas huellas de miseria, necesidad y atraso, especialmente por tener todas ellas la impronta fratricida. Nuestros patriotas, que sí los tuvimos y que sí los tenemos, han sido y son soldados de entrega y sacrificio, pero también fueron y son abogados, médicos y maestros, sacerdotes, estudiantes y productores. Todos comparten la dedicación de sus vidas, la mayoría en el anonimato, por el logro intangible y abstracto que significa La Patria y La Libertad.
Hoy, no obstante la distancia de los dos siglos que nos separan de aquel 19 de abril incruento, dialogante y aquiescente, continúa siendo el mejor ejemplo que Caracas nos dió. Hace falta más valor para curar una herida que para infringirla. 

El presente, verdadero motivo de nuestros afanes, es el que actualmente requiere el temple y la constancia de los héroes. Los hombres, las mujeres y los jóvenes que cumplen con su labor y sus responsabilidades de manera eficiente y con honestidad, desarrollan la creatividad y la iniciativa personal para un presente laborioso y productivo, fórmula infalible para obtener un sólido futuro. Para ello, se requiere que algunos venezolanos sean como las abrasantes aguas del Orinoco y otros sean como las heladas cumbres andinas. O quizás como una mixtura de ambos.

Puerto Ayacucho, capital del Municipio Atures y del Gran Estado Amazonas, joven ciudad que se acerca a su primer centenario es en sí misma un ser, nosotros, sus habitantes, somos los que debemos hacer.

Muchas gracias…




Rodrigo Armas Frezza
Presidente de la Sociedad Bolivariana del Estado Amazonas


Semblanza de Antonio José de Sucre, 3 de febrero del 2014

Agradeciendo a la Alcaldía del Municipio Atures, en la persona de la Ciudadana Alcaldesa, Licenciada Adriana González, quienes muy deferentemente nos hicieron conocer a través de la Dirección de Protocolo y Relaciones Institucionales, la invitación a la Sociedad Bolivariana de Venezuela, Capitulo Amazonas, para presentar una semblanza de Antonio José de Sucre; nos honra dirigirles a ustedes las siguientes palabras sobre este gran venezolano.


En Cumaná , capital de la entonces provincia de Nueva Andalucía, nació el 3 de febrero de 1795, hace exactamente 219 años, Antonio José de Sucre y Alcalá.  Hijo del Teniente de los Ejércitos Reales Don Vicente de Sucre, más adelante Coronel de la Republica y Prócer de la Independencia, y de la gran dama María Manuela de Alcalá, ambos cumaneses. Los Sucre, de comprobado origen hidalgo, provenían originalmente del sur de Francia. Los Alcalá, por su parte, tenían sus raíces en Aragón, España. Por ambas ramas familiares, la tradición militar en los varones era determinante.
Huérfano de madre a los siete años de edad, Antonio pudo, sin embargo, vivir plenamente su niñez por la compañía directa de sus ocho hermanos, bajo el cuidado de la segunda esposa de su padre, la señora Narcisa Márquez.
Luego del aprendizaje de las primeras letras y de las nociones elementales de matemáticas, a los trece años, en 1808, ingresa como cadete a la Compañía de Húsares de Cumana, cuerpo que comandaba el propio Don Vicente de Sucre, ya con el grado de Capitán.
Tal vez, haciendo honor a la antigua divisa del escudo de los Sucre de Flandes: Audaces fortuna juvat  (la fortuna acompaña a los audaces), el joven cadete asciende a subteniente de infantería dos años más tarde por orden de la Junta de Gobierno de Cumana. Y en mayo de 1811 es nombrado Comandante del Cuerpo de Ingenieros Militares en la isla de Margarita con el grado de Teniente.
Para mediados del funesto año de 1812, se encuentra en Barcelona como Comandante de Artillería. Caída la Primera República, recibe de manos del Gobernador Ureña un pasaporte para exiliarse en Trinidad, bajo el resguardo británico. No obstante, menos de un mes después, reaparece acompañando al General Santiago Marino en su invasión por Chacachacare.  Al lado del Libertador de Oriente, Sucre se destacara por ser un auxiliar eficaz, un oficial muy activo y valeroso en la batalla, pero también reflexivo y consumado estratega en las planificaciones del Estado Mayor. Entre 1813 y 1814 alcanza los cargos de Primer Edecán del General Marino y Jefe del Estado Mayor de la división del General Bermúdez. Luego de la perdida de la batalla de Urica, y una vez más desmanteladas las fuerzas patriotas, se refugia en Cartagena durante corto tiempo hasta que esta es recapturada por Pablo Morillo en 1815. Nuevamente regresa por vía marítima a Paria para reagruparse con el ejército de Marino, en el cual se le asigna el comando del Batallón Colombia, a la vez que se le asciende al grado de Teniente-Coronel. En 1816, con el cargo de Comandante General de la Provincia de Cumaná, resistió el asedio español contra su ciudad natal exitosamente. Pero decidió, junto con los generales Bermúdez y Urdaneta, seguir al Libertador cuando este emprendió la campana de Guayana, con la intensión de asegurar la retaguardia para acorralar a las fuerzas realistas en el norte. Estrategia no compartida por el General Santiago Marino, quien para la época incluso, se disputaba el mando supremo del ejército libertador con el General Bolívar. En dicha campana Sucre participo decididamente en la liberación de la ciudad de Angostura, acción acontecida en agosto de 1817. A tal punto, que el Libertador le ascendió a Coronel con mando efectivo como  Gobernador de Guayana y Comandante General del Bajo Orinoco.  Es de sumo interés mencionar que en octubre de ese mismo año, Bolívar le confió al recién nombrado Coronel una muy delicada misión. La de lograr, junto al General Bermúdez, convencer al General Marino para que depusiera y declinara su actitud y se uniera a las fuerzas patriotas bajo un único mando. En la comunicación le expresa textualmente “Si Usted no cree que sea útil a la Republica su comisión, está Usted autorizado para suspenderla y no dar  curso a la referida orden”.
 Es decir, que el Libertador dejaba al criterio de Sucre el cumplimiento o no de la instrucción que él, Bolívar, había girado. Indudablemente que Sucre la cumplió de manera admirable. Se entrevistó con su antiguo jefe y la situación se resolvió de la forma más satisfactoria posible para la causa republicana.
Desde octubre de 1817 hasta fines de 1819, año en que obtiene el grado de General de Brigada, se mantuvo como Jefe del Estado Mayor del General Bermúdez en el Oriente de Venezuela, fueron años de intensa experiencia en la defensa de los territorios liberados.
En enero de 1820, Bolívar le encomienda otra misión especial al Brigadier Sucre: la compra del armamento necesario para la arremetida final contra la corona en territorio venezolano.  Zarpa desde Angostura el 8 de marzo y regresa el 15 abril con más de 4.000 fusiles y suficiente pólvora para preparar el encierro de Carabobo, lo que ocurriría al año siguiente. Esa eficacia le valió ser nombrado Ministro Interino de Guerra y Marina y Jefe del Estado Mayor General. En noviembre, el Libertador, conociendo sus habilidades diplomáticas, lo envía a negociar el Tratado de Regularización de la Guerra con los plenipotenciarios del Pacificador Pablo Morillo. Paralelamente, fue elegido Diputado por la Provincia de Cumana ante el Congreso de Cúcuta,  pero esto no lo pudo cumplir. Bolívar lo designo Jefe del Ejército de Popayán para dar inicio a la Campana del Sur.
Sucre partió. El 17 de enero de 1821 estaba en Neiva, y el 24 en Popayán, de donde paso a Mercaderes y a Trapiche, para regresar luego a Popayán. A comienzos de abril se embarcó con 300 hombres en la bahía de Buenaventura y un mes después estaba en Guayaquil, de allí avanzo a Quito. Triunfador en Yaguachi el 15 de agosto, resulto vencido en los campos de Huachi el 12 de septiembre, lo que constituyo la única derrota que sufrió como General en Jefe del Ejército. 



A comienzos de 1822, una vez reorganizado su ejército y aumentado por refuerzos provenientes de la Gran Colombia y del Perú, el Brigadier Sucre reemprende la ofensiva al dirigir sus tropas hacia Cuenca y Alausi, rechazando en Rio Bamba el 21 de abril a la caballería realista. Luego avanzo por Ambato, Latacunga y Chillogallo hasta situarse al norte de Quito donde se produjo, el 24 de mayo, la Batalla de Pichincha, con la cual Sucre decidió la libertad del Ecuador.
Ascendido al grado de General de División el héroe ejercerá durante algunos meses en Quito, la Comandancia General e Intendencia del Departamento del Ecuador, territorio incorporado ya a la República de Colombia, la Grande. Es en esta etapa en la que conoce a quien se convertirá en su esposa y madre de su única hija, Mariana Carcelén, Marquesa de Solanda. En noviembre debe entrar de nuevo en acción, esta vez en Pasto, donde surgió una rebelión interna. Una vez aplacada, regresa a Quito y parte enseguida, en enero de 1823 a Guayaquil a reunirse con El Libertador.
La guerra por la independencia suramericana no había terminado. La Santa Alianza había decidido retomar las colonias. Las disidencias, las traiciones y sobre todo las indecisiones amenazaban la pérdida del Perú, previamente liberado por las tropas del General José de San Martin. Hacia El Callao zarpo el ahora divisionario General Sucre el 14 de abril de 1823 como Jefe de la Fuerzas Auxiliares de la Gran Colombia en el Perú. País que poseía un gobierno dubitativo y sin sustento real que estaba a punto de sucumbir ante la arremetida realista. Ni siquiera la presencia de El Libertador lograba conjurar la crisis. El gobierno de Bogotá, se negaba a involucrarse enviando tropas. Como estaba previsto, en enero de 1824 Lima y El Callao cayeron bajo el poder español.
Fue entonces cuando desde Trujillo, Bolívar impulso la recuperación de los territorios antes libertados. Con el ejército reunido en agosto en Cerro de Pasco, Sucre dirigió la rápida y efectiva acción protagonizada por los jinetes republicanos contra la Caballería del General José Canterac, en el combate conocido como la Batalla de Junín.
Iniciando 1824, Bolívar decide ubicarse en la costa para protegerla de la llegada de posibles refuerzos realistas, dejando a Sucre como General en Jefe del Ejército Unido, en la sierra. Cargo que le permitía actuar como lo creyera conveniente, ofensiva o defensivamente, según las circunstancias. El General cumanés deseaba atacar y los españoles también. Tratando de elegir el mejor lugar para el ataque, ambos cuerpos desarrollaron un juego de movimientos tácticos, que procuraban cercar uno al otro, hasta que el día 9 de diciembre se produjo en el sitio de Ayacucho la Batalla decisiva y definitiva que sello la independencia del Perú y de la América del Sur. El artífice de la misma era un joven de 29 años a quien, a partir de las cuatro de la tarde de ese memorable día le llamaron El Gran Mariscal de Ayacucho. 
Lo que siguió fue una marcha triunfal, a fines de mes entro en Cuzco. En febrero de 1825 llego a La Paz, donde dicto el decreto convocando una Asamblea Constituyente y una vez creada la República de Bolivia fue elegido su primer presidente en mayo de 1826, cargo que, a pesar de ejercerlo con prudencia, magnanimidad y desprendimiento, no pudo concluir. Ya que se vio obligado a renunciar a este el 2 de agosto de 1828 debido a los sucesos ocurridos en abril de ese año en Chuquisaca. Las revueltas militares y de facciones civiles que no aceptaban la implementación de leyes propias de un estado moderno culminaron en un lamentable episodio en el cual resulto herido de gravedad, hecho ocurrido justamente en el momento en que contraía matrimonio por poder.
Sucre regresa a Quito a reunirse con su esposa. En lo que sería su segundo y penúltimo encuentro. Del que nacerá una bella niña llamada Teresa, fallecida trágicamente pocos años después. Parte en enero de 1829 al sur del Ecuador con la misión de sofocar nuevas disidencias fratricidas, es allí donde pronuncia su aleccionadora frase: “entre hermanos, la victoria no concede derechos sino deberes”. Luego regresa al hogar por un breve paréntesis donde experimenta la alegría de conocer a su hija. Sale en diciembre para Bogotá con la intensión de llegar a tiempo para asistir a las sesiones del Congreso Constituyente ya que había sido elegido diputado sin consultarle.
Una vez en Santa Fe, ciudad a la que arriba en enero de 1830 se percata que la unión grancolombiana se hace añicos. Venezuela y Perú están decididas a separarse. Bolívar le encarga una última misión: reunirse con Marino en Cúcuta tal vez para reeditar aquella primera y bien cumplida encomienda, lograr ganarse al aguerrido margariteño para la causa de la unión enfrentando al General Páez. Esta vez era diferente, Marino apoyaba decididamente la autonomía de Venezuela. Retornado a Bogotá. Sucre le solicita a El Libertador permiso para regresar con su familia, a su hogar en Quito, con la intención  de poner en orden una serie de asuntos de índole estrictamente familiar. Lo que le permitiría seguramente, en el futuro, continuar a las órdenes de la república. A mediados de mayo, inicia el camino hacia Ecuador con ocho mulas, un baquiano y tres ayudantes, todos civiles. Llevaba en su equipaje obsequios para su esposa y su hija. Un escritorio portátil, un reloj y sus objetos de aseo personal, además de su ropa de paisano. Hacía más de un ano que había dejado de usar el uniforme militar.
A poco más de las nueve de la mañana del 4 de junio de 1830, el grupo atravesaba las densas y nebulosas selvas de la montaña de Berruecos, en la Arboleda, al sur de Colombia. Cuando de pronto, de la verde espesura salió un destello relampagueante seguido casi inmediatamente de un trueno ensordecedor. El primer jinete cayó al suelo donde permaneció inerte sin saber lo que había ocurrido.   ! Gran Dios, han matado al Abel de Colombia! exclamo El Libertador al conocer la terrible noticia que sepulto la única posibilidad de lograr la estabilidad política que pudiese mantener la unión de Colombia. Con 35 años apenas, se había ido la esperanza.
Hoy, le rendimos al héroe de Ayacucho este sentido memorial en justeza a su grandeza, precisamente por su proverbial humildad. Una humildad de tal magnitud que obligo al mismo Padre de la Patria a expresar: “Es uno de los mejores oficiales del ejército; reúne los conocimientos profesionales de Soublette, el bondadoso carácter de Briceño, el talento de Santander y la actividad de Salom; por extraño que parezca, no se le conoce ni sospechan sus aptitudes. Estoy resuelto a sacarle a la luz, persuadido de que algún día me rivalizara”.
O, como lo describió Lino de Pombo su colega ingeniero militar: “Antonio es un joven venezolano de nariz bien perfilada, tez blanca y cabellos negros, ojo observador, talla mediana y delgado, modales finos, taciturno y notablemente modesto”. Esa modestia a la que Pombo hace referencia se contrapone diametralmente a la capacidad para sus grandes logros. Sintetizados todos en el portento de su victoria grande, la que lo hizo Gran Mariscal, la que resumió Bolívar de esta manera más que elocuente: “La Batalla de Ayacucho es la cumbre de la Gloria Americana y la obra del General Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de 14 años y a un ejército perfectamente constituido y hábilmente manejado. Ayacucho es la desesperación de nuestros enemigos. Ayacucho, semejante a Waterloo que decidió el destino de Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplarla en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos y el Sagrado Imperio de la Naturaleza. El General Sucre es el Padre de Ayacucho; es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas en que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representara a Sucre con un pie en el Pichincha y otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco Capac y contemplando las cadenas del Perú, rotas por su espada”.
Sucre, Antonio José de Sucre y Alcalá, paradigma de moral y nobleza para tus compatriotas, vida de entrega y sacrificio, recibiste la satisfacción del deber cumplido, eres eternamente joven, como joven es tu patria, como joven es la esperanza que se alimenta de ejemplos como el tuyo, para obtener la preciada joya de la libertad y el derecho que otorga el deber. Como bien lo dijera Calcaño Herrera lo decimos nosotros también:
 “Mariscal de Ayacucho,
 Caballero del escudo de oro sin mansilla,
En torno a vuestro cuerpo guerrero,
Hay cien héroes que, en tierra la rodilla,
Os custodian con bóveda de acero”.              
  …Muchas Gracias...  

Rodrigo Armas Frezza

La Espada obsequiada al Libertador por la municipalidad de Lima en 1825



La espada original, de la réplica que hoy se exhibe, le fue entregada al Libertador en el año de 1825. De acuerdo con las Memorias del General Daniel Florencio O’Leary, la joya fue recibida de la siguiente manera:
“Por estos días llego de Lima el coronel Salazar, enviado por el Consejo de Gobierno a presentar al Libertador y al general Sucre las magníficas espadas y los uniformes con que la municipalidad de aquella ciudad los obsequiaba en señal de su amor y gratitud; espléndido regalo que esa corporación llamaba “pequeña demostración.” Como curiosa muestra de la magnificencia de la opulenta Ciudad de los Reyes, copio aquí la descripción de las espadas y uniformes y su costo, conforme a la “razón” que tengo a la vista; así como la contestación que dio el Libertador a la municipalidad:
 “Una espada de oro del largo de una vara y siete pulgadas, guarnecida de brillantes, marcada con las letras S.B. Tres brillantes grandes y cuarenta y dos sobrepuestos, entre los cuales va un brillante más grande. Un cinturón bordado de oro en paño granate con 8 hebillas de oro. Va en una caja de madera nueva forrada en seda con su respectivo almohadón”. [...]
Lima 3 de Octubre de 1825
Contestación del Libertador a la Municipalidad: 
 “El coronel Salazar me ha presentado la hermosa espada que la Muy Ilustre Municipalidad de Lima ha tenido la bondad de ofrecerme, después de haber dado tantas otras pruebas de sus sentimientos generosos y del precio que pone a los esfuerzos que se hacen por la libertad y por la restauración de los derechos de los pueblos.
Esta espada, Ilustrísimo señor, será el gaje más seguro de mi consagración a la defensa del Perú en todas las épocas en que la república quiera aceptar mis servicios. Esta espada me dirá siempre que la ciudad de Lima es digna de ser la capital de la nación más agradecida del universo.
Su Excelencia, el Mariscal Sucre recibió de mi mano el día de Ayacucho, la espada que Usted tuvo a bien destinarle como un premio de aquella victoria. El general vencedor ha recibido esta demostración con una efusión de gratitud que nada puede expresar, y entre sus mejores amigos nadie puede llevarnos el paso. Esta protesta la hacemos con toda la sinceridad que debemos a Usted y al pueblo peruano.
Tengo la honra de ofrecer a Usted los sentimientos de mi consideración y mi respeto.     Simón  Bolívar” 

                                          

 La pieza fue elaborada por un orfebre de nombre Chungapoma, dirigido por Cayetano Freyre, alcalde de Lima. El regalo consistente de dos espadas, una para Bolívar y otra para Sucre, más dos uniformes, tuvieron un costo de 12.880 pesos. Ese uniforme es el mismo que Bolívar lució cuando fue pintado del natural su retrato de cuerpo entero por José Gil de Castro en 1825 en la Quinta Magdalena en Lima, el cual tiene una inscripción del propio Libertador que dice: “Al Señor General Robert Wilson: Retrato mío hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza. Bolívar”. El año en que esta obra fue pintada es el mismo en que recibió la espada y el uniforme de manos del Intendente de Lima, por lo que podría suponerse que además le fue obsequiada esa pintura vistiendo los nuevos presentes.
En 1833 las hermanas y sobrinos del Libertador dividieron las prendas y joyas de éste, tocándole ésta espada a su hermana doña Juana Bolívar, de quien pasó después de su muerte a manos de las familias Briceño Palacios y Amestoy Palacios. Esta espada se expuso el 28 de octubre de 1872 en Caracas, junto con los demás objetos preciosos del Libertador.
 En 1889, el gobierno del Doctor Juan Pablo Rojas Paul adquirió esta espada de las familias señaladas por la suma de 120.000 pesos y la destinó al futuro museo de Bolívar.
La misma consta de  1.367 brillantes, 8 rubíes, 7 esmeraldas; más 5 marcos, 5 onzas y 8 adarmes de oro. Así como una hoja de acero  labrada al estilo “Damasco”, el cual se caracteriza por su decorado con incrustaciones de hilo de oro y plata, que le brindan un brillo especial y a su vez la hacen excepcionalmente ligera, flexible, fuerte y resistente. El artífice Chungapoma creó un diseño barroco en retorcidas filigranas de cuerpo serpentino adornados en brillantes, que otorgaban a la espada un lujo esplendoroso sin perder su utilidad como arma letal.
La vaina fue vaciada en oro macizo de 18 quilates, sobre un molde de variados dibujos y arabescos de exquisita perfección. La espada destinada al Libertador, en la parte inferior lleva una serpiente de nueve pulgadas y ojos de rubíes que la abrazan. La hoja de acero posee la inscripción: Simón Bolívar: unión y libertad, año de 1825, leyéndose en el anverso lo siguiente: Libertador de Colombia y del Perú, Chungapoma me fecit en Lima.
 Como lo describe el manual del Banco Central de Venezuela, lugar donde debería estar depositada la espada obsequiada al Padre de la Patria en honor a Ayacucho; el pomo de la guarnición de la espada posee un bello busto de oro, el genio de la libertad, coronado por un gorro frigio, relleno de brillantes y circundado por una corona de laureles compuesta de diamantes. En la parte inferior del mismo espacio, llámese la cazoleta, resaltan las figuras de dos indígenas de oro en relieve, coronados cada uno por penachos de brillantes que adornan sus cabezas; sosteniendo ambos el asta que lleva el gorro frigio de la libertad. La empuñadura posee dos pirámides truncadas. En la pirámide superior se observa, en una de sus caras, el escudo de armas del Perú, adicionalmente una orla de laureles. La pirámide inferior posee la siguiente dedicatoria: "El Perú a su Libertador". De la parte contigua a la empuñadura, o sea el pomo, se desprende un dragón de oro con dos brillantes.
La Sociedad Bolivariana de Venezuela, Capítulo Amazonas, se complace en presentar este símbolo de Libertad, Justicia y Honor que tenemos todos los venezolanos como herencia y tradición republicanas, producto de una heroica gesta que históricamente comenzó tal día como hoy de 1810 en Caracas, y culminó el 9 de diciembre de 1824 en Ayacucho. No obstante, recordemos que la República, su construcción y perfeccionamiento, es una tarea continua, eterna y conjunta. De allí que, este trofeo a la victoria pretérita, bien puede ser el emblema del compromiso moral individual y colectivo que tenemos ante nosotros en la actualidad…Amazonas y Venezuela bien lo merecen.                                     

Dra. Sandra Caicedo Gómez

 Puerto Ayacucho, 19 de abril de 2014